Tapar la boca
La libertad de expresión es un derecho básico de los ciudadanos y ciudadanas en una democracia. Tapar la boca a las personas para que no puedan decir lo que piensan es un atropello inadmisible. Si la causa de la decisión es que quien habla critica al poder, resulta doblemente pernicioso porque no sólo se destruye la libertad sino que se ejercita el abuso de autoridad, cáncer de la democracia. La democracia consiste en reconocer que el poder está en el pueblo. El pueblo es la autoridad. Y quienes han sido elegidos por el pueblo tienen el deber de servir, no de acallar, tienen el deber de garantizar la libertad, no de coartarla.
Eso es lo que ha sucedido en el Ayuntamiento de Valdivielso (norte de Burgos). Acabo de escuchar la grabación del pleno municipal celebrado el día 4 de julio en el que se debatió la continuidad de una Radio Municipal que lleva funcionado varios años.
Se trata de una Radio que organiza muchas actividades con niños y adultos, que pretende preservar la memoria del pueblo, que rescata del olvido usos y costumbres, que sirve de enlace entre los ciudadanos y ciudadanas para ofrecer ayuda a quien se ha quedado sin gasolina o necesita alguna cosa urgente…
En un punto del orden del día del citado pleno se aborda la continuidad de la radio que está sufragada con las aportaciones de los miembros de una Asociación Cultural y con una subvención de 8900 euros anuales del Ayuntamiento. Se dice literalmente en el pleno que no se puede aceptar que una Asociación que recibe esa ayuda se dedique a criticar a los concejales y al alcalde. Lo que debería haber hecho la Corporación al concederles la ayuda es exigirles bajo contrato que dedicasen varios programas a cantar las loas de los señores concejales y del señor alcalde.
El error básico reside, a mi juicio, en la concepción del dinero público que tienen esos gobernantes. Creen que el dinero es suyo. Y, por consiguiente, tienen que decir cómo se ha de emplear. Pues no. El dinero es del pueblo (¿o lo han puesto de su bolsillo?) y los gobernantes lo tienen que administrar según los intereses y la voluntad del pueblo. Criticar las actuaciones del alcalde es un ejercicio de democracia que no se puede eliminar.
La composición de la corporación es de tres miembros del PSOE, entre ellos el alcalde, tres concejales del PP y una concejala que es miembro de la Agrupación “Juntos por Valdivielso”. Los tres miembros del PP quieren clausurar la radio. Los tres del PSOE quieren sustituir a quien la dirige por un periodista contratado durante seis meses hasta que llegue, en primavera, una nueva Corporación tras las elecciones. Y la concejala que pertenece a la Agrupación quiere la continuidad de la radio. Ante el resultado de la votación 3-3-1 se impone el voto de calidad del alcalde. Y allí, sin más, éste da por zanjado el asunto diciendo que si cuesta mucho llevar a cabo la decisión ganadora, se impondrá la decisión del PP. Es decir, que se acaba con la Asociación o se acaba con la Asociación. Y, por consiguiente, con la radio.
Al parecer la radio puso en marcha una recogida de firmas que no gustó a los munícipes. Y se quejan de que esa no es una función cultural. Depende de lo que entendamos por cultura, claro está. Porque si entendemos por cultura el conocimiento, el análisis y la participación en lo que atañe a la ciudadanía la recogida de firmas es cultura.
En el pleno se ve claramente que la decisión está tomada, que no interesa debatir, que no se cuenta con la opinión del pueblo, que lo que se pretende es acabar con la radio.
No se puede silenciar esta radio. No se puede acallar la voz de quienes opinan. Lo que tienen que hacer el alcalde y los concejales es rebatir en la radio los argumentos que consideren falsos. Estoy seguro de que nunca se lo han impedido. No puede calificar la crítica de falta de respeto porque falta de respeto es la suya al decidir acabar con la Asociación y con la radio. Lo que tiene que hacer es ofrecer la oportunidad de hablar de la libertad de expresión y de las cortapisas que esta encuentra cuando el ejercicio de esa libertad desagrada a quien tiene el poder.
Un empresario decía: a mí no me gusta que mis trabajadores me adulen, a mí me gusta que digan la verdad, aunque eso les cueste el puesto. La pregunta es bien sencilla: ¿Hubieran tomado esta decisión sobre la radio si no se hubiera mostrado crítica con el poder, si hubiera recogido firmas para apoyar la gestión municipal?
Otro empresario invitó a un grupo de trabajadores a una comida de fraternidad. En los postres se puso de pie y contó un chiste. Todos los trabajadores se rieron a carcajadas, menos uno, que se quedó impasible. El empresario se dirigió a él y le preguntó:
- ¿Es que a usted no le ha hecho gracia?
Y el trabajador contestó:
- Mire usted, a mí me ha hecho la misma gracia que a todos los demás, pero es que yo me jubilo mañana.
Si el alcalde, como dice en el pleno, entiende que la radio le falta al respeto, que denuncie los hechos ante el juzgado, pero que no cierre la radio. El juez dirá quién tiene la razón. Es fácil confundir con falta de respeto el sano ejercicio de la crítica que manifiesta con crudeza el desacuerdo ante la política. No vale decir cualquier cosa: no vale calumniar, por ejemplo. No vale insultar, pero hay modos de saber si lo que se dice es una opinión razonada o un exabrupto indecente. Lo último es tapar la boca a quien habla, con la excusa de que no están hablando bien del que les ha regalado un micrófono.
Intenté hablar con el alcalde, pero no fue posible, a pesar de su buena disposición. Me hubiera gustado conocer directamente su opinión. En cualquier conflicto es conveniente escuchar a las dos partes. Pero bueno, él habló con sus intervenciones y con su decisión en el pleno.
Invito a la Corporación a que revoque la decisión que ha tomado y de continuidad a la radio renovando el contrato que vence el 31 de agosto. Esa radio es una hermosa iniciativa de la que todo el pueblo se beneficia y se siente orgulloso. Sería un gesto de inteligencia y de honradez. Cuando en una sociedad los aduladores prosperan y los críticos están condenados a la persecución o al ostracismo la democracia está en peligro.
Las ratas chinas
A veces se toman decisiones con la mejor intención y sucede que no sólo resultan inútiles sino que se convierten en contraproducentes. Damos por hecho que, por tener el buen deseo de haber hecho bien las cosas, los resultados van a ser los esperados.
En todos los ámbitos de la vida, después de hacer un diagnóstico más o menos riguroso de la situación, tomamos decisiones que consideramos justas y racionales y que luego nos olvidamos de evaluar. Damos por hecho que el buen criterio o la buena voluntad resultarán suficientes. No siempre es así. Los hechos, que son muy tozudos, dicen luego si la decisión fue acertada o equivocada, eficaz o perniciosa. Por eso es necesario analizar, a corto y largo plazo, las consecuencias de las decisiones.
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Por tres bragas, un libro
Me han enviado una foto que ha sido tomada en un mercadillo. En ella se puede ver un puesto de bragas extendidas sobre una mesa y dos pilas de libros en medio. Sobre los libros aparece un significativo cartel publicitario: “Por la compra de tres bragas, le regalamos un libro”. Es decir que si la clienta o el cliente paga por lo que realmente vale dinero, le hacen un obsequio de lo que apenas tiene valor. Si se hubiera hecho la oferta opuesta, todo sería más inteligible en los tiempos que corren o, mejor dicho, que vuelan. “Por la compra de tres libros, le regalamos unas bragas”. Pero no. Me he esforzado en reconocer qué tipo de libros es el que tan generosamente se regala, pero no me ha sido posible descifrarlo. No es legible su título dado el plano de la toma y el ángulo de la foto. Y bien que me hubiera gustado saberlo. Por tres bragas, “Cien años de soledad”. O “El viaje del elefante”, o “Los cuadernos de Don Rigoberto”.
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La niña y el cigarrillo
He leído un libro polémico. O eso pienso. Se titula “La niña y el cigarrillo”. Su autor es Benoît Duteurtre, novelista, ensayista y crítico musical. Es dueño de una prosa clara, en absoluto preciosista. Sus novelas (hasta el momento diecinueve) contemplan la sociedad contemporánea con una mirada irónica que suscitan, a la vez, polémica y admiración. El libro que me ocupa está bien escrito (y bien traducido), pero la tesis es, a mi juicio, más que discutible. El autor viene a sostener que los niños y niñas de hoy son depositarios de muchos derechos y que los adultos van viendo paulatinamente recortados los suyos. Y pone como ejemplo el derecho de fumar.
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Tontos, pero no tanto
Algunas veces tengo la sensación de que nos consideran imbéciles. Los políticos en el poder nos ofrecen explicaciones absolutamente ridículas para justificar las decisiones que toman. Nos sueltan unas mentiras tan increíbles que no se las tragaría ni un niño de cinco años. Durante la campaña electoral nos prometen cosas que son abiertamente imposibles como que se va a construir un puente en un pueblo que no hay río. Los políticos en la oposición descalifican al Gobierno por su afán de mantenerse en el poder haciéndonos creer que a ellos no les importaría mucho seguir donde están en aras del bien común. Y critican todo lo que se hace y se decide desde el poder con el fin de sustituir a quien gobierna a pesar de que esa postura perjudique los intereses de la ciudadanía.
No todos los políticos son malos. Ni todos son iguales. Decir lo contrario es un ataque frontal a la democracia. ¿Qué es mejor, uno sólo que piense por todos y que decida por todos? Hay que confiar en la política, hay que fortalecer la democracia. Y eso significa que hay que exigir a los políticos razonamientos rigurosos, comportamientos honestos y dedicación ejemplar.
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Balones fuera
Estamos en época de evaluación del alumnado. El estamento más bajo de la escala académica recibe evaluaciones inexorables. Hacia arriba en esa escala va disminuyendo la evaluación. Al decir esto pienso en las jerarquías y pienso en las instituciones. La única manera que tienen las instituciones de mejorar lo que hacen es someter a un riguroso análisis su estructura y funcionamiento. Si se justifica todo desde la óptica de la buena intención (se hace lo que se puede), de la rutina (siempre se ha hecho así) o de las mala actuación ajena (la culpa es de los otros), la institución seguirá anclada en sus errores.
No se puede mirar para otra parte cuando algo falla. No se puede mirar sólo a los demás para que mejoren sus actitudes o sus comportamientos. Es preciso hacer autocrítica y abrirse a la crítica de los demás.
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Regalar una oveja
Estoy sorprendido y preocupado por el escaso éxito que tienen en este país los procesos de negociación. Algunos se ponen en entredicho, como sucedió (para mí inexplicablemente) con la negociación del Gobierno para acabar con el terrorismo. La oleada de críticas fue feroz. ¿Por qué? Es detestable matar pero sentarse con quien mata para que deje de hacerlo es muy loable. ¡Qué maravilloso sería poder decir a nuestros hijos que lo que no lograron las armas lo pudo conseguir la palabra! ¿Quién esta más con las víctimas que quien hace todo lo posible para que no haya más? ¿Por qué se dio por fracasado el proceso de paz porque hubiera un atentado? ¿Es que no los hay cuando la lucha se limita a la persecución política y policial? ¿Y ésta no fracasa entonces?
En el libro “El arte de la negociación”, de Maurice Bercoff, se dice que “hay dos formas extremas de ver la negociación…: como una relación de fuerza en la que el más fuerte, el más astuto es el que manda en detrimento de su adversario o, por el contrario, como un proceso de intercambio, una oportunidad para imaginar y construir en común las soluciones”.
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El verdulero de San Rafael
Horacio Muros vive, trabaja y educa en la ciudad de San Rafael, provincia de Mendoza (Argentina). Es ingeniero de formación y educador de cuerpo y alma. Dirige, es decir, hace crecer una escuela que se esfuerza cada día en aprender, no sólo en enseñar. Como es un excelente educador va por la vida con los ojos bien abiertos para ver dónde se dan lecciones de las que se pueda aprender. Está claro que las personas inteligentes aprenden siempre.
Me cuenta mi querido amigo Horacio que un verdulero al que visita con frecuencia para las compras domésticas tiene instalada en su puesto de verduras una pizarra de 2 metros por 1.50 en la que cada día escribe una sentencia. De esta forma ha convertido el mercado en un aula desde la que imparte a quien quiera recibirlas algunas lecciones de optimismo, de esperanza y de buena educación.
Me imagino al pedagógico verdulero buscando cada noche, en su memoria, en los libros o en los archivos de la vida, un pensamiento ejemplar que contenga algún mensaje saludable para sus clientes y para el público en general. Me lo imagino escribiendo, con aplicación y buena letra, la frase elegida, no sé si con arreglo a la fecha o, sencillamente, sin ningún referencia al calendario.
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El saltamontes no oye
Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Lo hacemos de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. Como si esas conexiones fuesen palmarias e indiscutibles.
Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron”. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin caer en la cuenta que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. Decimos que todo el paro del país se debe al gobierno sin pensar que pueden existir otras causas y que ya arrastrábamos un porcentaje de paro muy elevado antes de que fuese elegido por los ciudadanos. Y el gobierno actual dirá que la causa de todos los males se encuentra en la formar de proceder que tuvo el partido de la oposición cuando gobernada.
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El sentido del deber
Se ha insistido tanto últimamente en la exigencia de los derechos propios que algunos se han olvidado de hacer el mismo hincapié en el cumplimiento de los deberes. Es bueno y necesario conocer los derechos y exigir su ejercicio por todos los medios. Es una parte del desarrollo ciudadano. Pero no es menos cierto que debemos ser conscientes de las obligaciones. Y asumir que esas obligaciones nos interpelan desde nuestra condición de personas. Hay quien aplica la ley del embudo a esta correlación de derechos y deberes. “Yo tengo derechos respecto a los demás, y los demás tienen deberes respecto a mí”, sería el lema de estos personajes. “El deber es lo que esperas de los demás”, decía Albert Camus.
Debemos tener en cuenta este equilibrio en la formación de nuestros hijos y en la de nuestros alumnos. Es necesario trabajar en el desarrollo de los deberes, y en el cumplimiento de las obligaciones. No porque podamos incurrir en sanciones cuando no las cumplimos o recibir recompensas cuando lo hacemos sino por la conciencia del deber. “El sendero del deber, decía Niceto Alcalá Zamora, se encuentra enfrente del sendero del egoísmo”.
Me preocupa en ese sentido la formación de los profesionales. Voy a referirme al colectivo sanitario, pero podría decir lo mismo de otros colectivos, por ejemplo, el de docentes.
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