La nefróloga entusiasta

Caer está permitido, lo obligatorio siempre es levantarse y seguir adelante.
Hace varios días impartí la conferencia de apertura en el III Encuentro de Tutoras y Tutores de Especialistas en Formación de Andalucía.
Tuvo lugar en el Centro Andaluz de Salud Pública (Granada). Los asistentes eran tutores y tutoras de diversas especialidades médicas. Fue para mí una extraordinaria experiencia. Siempre se puede aprender.
Algunos colegas y familiares me preguntan, a veces, cuando saben que trabajo con profesionales de la salud:
-Pero tú, ¿qué les cuentas a los médicos?
Les respondo que algo de lo poquito que sé relativo a los procesos de enseñanza y aprendizaje; los tutores y tutoras tienen una amplísima y variada formación sanitaria pero no han tenido la oportunidad de formarse sobre su responsabilidad y su competencia docente.
A lo largo de la conferencia hice algún comentario sobre la importancia de las actitudes de los docentes. No se trata sólo de dominar técnicas ni de poseer conocimientos. Es preciso desarrollar actitudes desde las que se pueda despertar el amor al aprendizaje. Hablé de la influencia que tienen las expectativas del tutor sobre las reacciones del Residente. El conocido efecto Pigmalión. Si nada esperas de un Residente, acabará no dando nada.
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La clase de la azafata

¿Entienden algo los 'alumnos' de un avión?
Se está imponiendo en casi todos los sistemas educativos del mundo el enfoque del currículo por competencias. Me parece muy bien, aunque el modelo encierre sus riesgos (hay quien ha entendido que se trata de una vuelta a los objetivos operativos de Mayer o a las taxonomías de Bloom).
Es necesario huir de la escuela academicista, memorística y teorizante en busca de otra que brinde aprendizajes prácticos, integradores, aplicables, significativos y, por ende, motivadores. Se trata de saber, de saber hacer y de querer hacer. Se trata de incorporar complejos sistemas de acción y de reflexión. No es que la actual escuela no trabaje las competencias. Claro que lo hace, pero precisa profundizar, sistematizar, planificar, actuar y evaluar de forma más rigurosa según el modelo competencial.
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¡Hola!, mintió él

¿Puede llamarse realmente 'piadosa' a una mentira?
Esta ingeniosa expresión de Robert Maxwell me sirve para abrir algunas reflexiones sobre las trampas del lenguaje y sobre la falsedad que se esconde detrás de las palabras.
¿Cuántas veces hemos dicho “buenos días” a quien, en realidad deseamos un día de perros o sobre quien arrojamos la más displicente indiferencia? ¿No hemos dicho alguna vez “enhorabuena por el éxito” a una persona que consideramos claramente incompetente? ¿Por qué decimos “feliz cumpleaños” a quien no nos importa siquiera que los cumpla, no ya que los celebre con felicidad?
En los pasados días de Navidad hemos llenado llenamos la atmósfera de expresiones que transmiten buenos deseos. Me parece estupendo, por cierto. Ya decimos demasiadas veces cosas desagradable de y a los demás. Pero, ¿son siempre sinceras o son meramente protocolarias? ¿Están algunas veces envenenadas por los verdaderos sentimientos? ¡Ay, Señor, si el corazón y la cabeza fuesen transparentes y se puede ver desde fuera lo que se está pensando y sintiendo cuando se dicen palabras hermosas!
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Estúpida burocracia

Se habla mucho de la inutilidad de la burocracia, pero menos del desconsuelo que procura.
Me cuenta una querida cuñada que está desesperada con el trabajo desmedido que le encomienda la inspección. Es una excelente maestra, una profesional concienzuda, una magnífica persona que se desvive por los niños y las niñas que le han tocado en suerte.
Y hoy la veo abrumada y desconsolada con el ímprobo y absurdo trabajo que tiene que llevar a cabo. Me impresionó oírla decir hace poco:
- No creo que yo me jubile como maestra.
Es una pena. Porque disfruta trabajando con los niños y las niñas, pero sufre llevándose tarea a la casa diariamente, en los fines de semana y durante las vacaciones. Está metida en un sinvivir. Tiene la convicción de que muchas de las tareas burocráticas que le imponen no sirven para nada, salvo para hacer estadísticas y amontonar papeles. No es justo, no es
lógico, no es decente que la burocracia abrase a los mejores profesionales de la educación.
Hay que preguntarse con seriedad y urgencia: ¿Cuántas horas de trabajo burocrático asumen los profesionales de la educación? ¿Cuántas horas se dilapidan entregadas a tareas absurdas que no sirven para nada? ¿Cuánto aburrimiento se acumula en las mentes y en el corazón de los docentes por estas iniciativas cada vez más ridículas?
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No puedo crecer por ti

Cada persona tiene que madurar y crecer a través de su propio esfuerzo. Nadie puede suplir a otro en la tarea de su maduración. Los demás pueden ayudar, aconsejar, aplaudir, pero no pueden reemplazar a nadie en lo que cada persona tiene que hacer. Hay que regar el árbol, abonarlo y podarlo, pero es el árbol quien tiene que crecer. Y, por cierto, hace muy poco ruido cuando crece. No se puede tirar de las ramas hacia arriba para que lo haga. Los agentes externos facilitan, propician ayudan, pero no crecen por él.
Suelo aplicar a la educación una metáfora que Neruda dedica al amor. Amar (educar) es hacer con las personas lo que la primavera hace con los cerezos. La primera crea las condiciones pero es el árbol el que crece. el que florece, el que da frutos. Es necesaria la primavera, pero ella sola no hace que el árbol se desarrolle. En plena primavera hay árboles que se atrofian, que acaban muriendo.
Reivindico aquí la autonomía del ser humano para llegar a ser lo que realmente quiere ser, dentro de sus posibilidades genéticas, dentro de sus potencialidades, en el marco del contexto que elige. Reivindico su derecho a desarrollar al máximo y de forma autónoma sus potencialidades.
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Longanimidad

Crecerse ante la adversidad es una virtud que todos desearíamos tener.
No sé si algún lector o lectora desconocerá, ya que no se utiliza mucho, el significado de la palabra longanimidad. Dice el diccionario de la RAE que longanimidad es “grandeza y constancia en las adversidades”. Claro que una persona que conoce lo que significa esta palabra puede no ser longánima y otra que no lo conoce puede serlo hasta extremos espectaculares.
Una persona longánima es aquella que no se arredra ante las dificultades. No es frecuente encontrarse con personas que tengan esta cualidad del ánimo. Algunas no saben reaccionar ante situaciones persistentemente difíciles. Se derrumban y se entregan al desaliento. Me preocupa mucho la actitud de las jóvenes antes las inevitables dificultades que se van encontrando en la vida. Algunos, hoy en día y después de una etapa infantil llena de comodidades, se vienen abajo ante la primera adversidad. No están acostumbrados a solucionar por sí mismos los problemas.
Un soplo de viento tumba a ciertas personas, habituadas a una vida fácil. La fortaleza de ánimo es imprescindible para poder vivir. Porque es inevitable que haya problemas en la vida. De salud, de dinero, de amor, de trabajo…Sin dolor no tendríamos ni conciencia de nosotros mismos.
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Mercenarios de la educación

Si una vocación profesional puede hundirse por un golpe de suerte, mal asunto.
Escribo este artículo el 22 de diciembre, día en el que se celebra en España el sorteo de la Lotería Nacional de Navidad. Me pregunto qué es lo que harían algunos profesores y profesoras si les tocase el primer premio, lo que aquí llamamos “el gordo”. Es decir, un premio multimillonario. ¿Seguirían trabajando, yendo cada mañana a las clases? ¿O se largarían a toda velocidad de la escuela? Hay quien lo dice así de claro la víspera del sorteo:
- Como mañana me toque la lotería, no vengo ni a recoger mis cosas.
Y es que para algunos la tarea de la enseñanza sólo es una forma de ganarse el sustento y, por consiguiente, una forma de conseguir el dinero necesario para vivir.
Yo creo que se puede vivir la profesión de otra manera. Disfrutando de ella. Sabiendo que no es sólo una forma de ganarse la vida sino, como dice Emilio Lledó, una forma de ganar la vida de los otros.
Se puede disfrutar o se puede padecer la profesión. En cada uno está la capacidad de mantener una u otra actitud.
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Credulidad sin límites

Queremos creer, incluso en lo que no podemos.
Dice Francis Bacon que “cuanto más apetece a una persona que una opinión sea cierta, con más facilidad la cree”. Sólo así puede entenderse la extraordinaria facilidad con la que muchos fanáticos e ignorantes dan por buenos hechos, opiniones y creencias.
Hace poco, en un programa de televisión, vi un reportaje sobre las apariciones de la Virgen en El Escorial. Una vidente llamada Amparo Cuevas actúa como médium en los mensajes que la Virgen envía a la humanidad. Como siempre la Virgen, en lugar de aparecerse a un notario o aun registrador de la propiedad, que sería lo suyo, se manifiesta a una persona humilde e inculta o a unos crédulos infantes. Qué casualidad.
Quedé completamente obnubilado. No tanto por las manifestaciones de la vidente, que también, cuanto por el papanatismo de mucha gente que la sigue. ¿Cómo es posible creer en semejante superchería? Me sorprende sobremanera la enorme credulidad que muestra el ser humano en general y algunas personas en particular.
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Machismo lingüístico

La palabra puede ser una forma de agresión tan brutal como los golpes.
Frecuentemente nos golpean noticias de maltrato contra las mujeres. Cuando llega este momento, nos aflige el dolor y nos invade la rabia. Pero pronto volvemos a la tranquilidad, hasta que un nuevo golpe nos despierta de la indiferencia y el olvido.
- Qué horrible, otra mujer asesinada por su pareja, decimos.
Pero, ¿qué hacemos más allá de lamentarnos? Porque, entre todos y entre todas tenemos que detener ese brazo que golpea y golpea sin piedad. Y, ¿cómo podremos hacerlo? Pues muy sencillo y muy difícil a la vez: acabando con la terrible lacra del machismo. Lacra que no desaparece por decreto ley, aunque las leyes sean necesarias. “La sociedad no cambia por decreto”, reza el título de un libro de Michel Crozier. En efecto, ¿puede cambiar una ley las concepciones y las actitudes de las personas?
Hay que combatir todas las formas en las que se manifiesta el sexismo, porque de él nace la violencia, la discriminación y el horror de los asesinatos. Por eso me entristecen (esa es la palabra exacta) esos artículos machistas que critican con buena carga de sorna, el uso no sexista del lenguaje, Ya sé que al decir “hombres” incluimos a hombres y a mujeres. Ya sé que al decir niños podemos referirnos genéricamente a niños y niñas. Pero no me dejará de reconocer el lector (o lectora) que en ambos casos silenciamos a las mujeres y a las niñas. Es indiscutible que, a través del lenguaje, se hacen invisibles. Por eso hay que referirse explícitamente a ellas. No me hacen gracias sus bromas, señor Pedro Jota (¿o será Pedro Joto para seguir sus derroteros de mordacidad?). No me gusta su estilo insensible a estas cuestiones, señor Pérez Reverte. Y no creo que se hagan más contundentes sus opiniones por utilizar unos términos gruesos y unas descalificaciones hirientes. No me hace ninguna gracia que usted califique el lenguaje no sexista como “una soplapollez”. No me gusta, señor Jiménez Losantos ese desprecio que usted muestra al Ministerio de Igualdad, a la Ministra y a las causas que plantea desde una cartera imprescindible. Me molestan sus palabras despectivas, señor Juan Manuel de Prada, por ejemplo cuando dice que “se necesitan vocablos nuevos para designar a esas mujeres que sólo alcanzarán la felicidad satisfecha de los lacayos cuando sienten que les crece una miembra virila entre las piernas” (ABC, 3/2/2007).
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Mentira cochina

El armadillo, ejemplo de como acorazarse ante el entorno.
Acabo de leer un curioso libro escrito por dos reconocidos filósofos, Thomas Cathcart y Daniel Klein, licenciados por la Facultad de Filosofía de Harvard. El libro tiene un título ciertamente llamativo: “Aristóteles y un armadillo van a la capital”.
Estos mismos autores escribieron hace poco una historia de la filosofía que también titularon de manera original: “Platón y un ornitorrinco entran en un bar”. Me gustó más el primero, pero éste no tiene desperdicio. El subtítulo orienta sobre el contenido: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”.
Quiero en estas líneas abrir un poco el diafragma de la visión para referirme a todos aquellos que dicen mentiras en la política, en los periódicos, en las televisiones, en los púlpitos y en las clases. O mejor, de quienes las escuchan impávida e ingenuamente. Pretendo llamar la atención sobre la necesidad de permanecer atentos a las falacias y a los engaños.
Muchas de las mentiras están ancladas en el lenguaje. Hay muchos sofismas que adulteran la argumentación. Es preciso saber descubrirlos para no dejarse engañar. Otras, sencilla y llanamente, se explican por la credulidad de los destinatarios.
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