Cambios y agendas
El viernes visita Mariano Rajoy Torrox. O al menos así está previsto. Pero ya saben que las agendas políticas cambian y son volubles. Pueden por ejemplo, los que confeccionan las agendas, tener previsto que se trence un mesurado y constructivo discurso en sede parlamentaria y sin embargo que el plan permute por una excursión irresponsable, pirómana, vergonzante y estúpida a Melilla para tal vez demostrar lo muy macho que se es tentando al moro. Al alba y con fuerte viento de Levante.
Vamos a lo nuestro. Bueno, a lo más nuestro. Rajoy ha hecho un pacto con Elías Bendodo, presidente provincial del Partido Popular, para que el líder nacional vaya bendiciendo, marcando territorio, apareciendo, discurseando, en feudos como Estepona, donde ya estuvo presentando al candidato pepero, que puedan conquistarse, reconquistarse o alcanzarse. Todo por la Diputación. Bendodo y su joven guardia tratan también de que Rajoy visite Mijas, donde una encuesta (al cronista se la cuentan con mucho detalle y seguramente con muchas trolas) les certifica que están pisándole el cuello al PSOE. Si la euforia fuera baba, algunos dirigentes jóvenes peperos tendrían que ir con babero de doble grosor cuando hablan, también en feria, de sus cuentas electorales en la Costa y los diversos municipios.
Y hablando de giras llama la atención sin embargo la ausencia de Javier Arenas, desaparecido de la Feria de Málaga en contra de su costumbre y propagando que no quiere dar mal ejemplo en tiempos de crisis dejándose ver papeando jamón y bebiendo fino o bailando. Argumento simplón. Si todos lo practicaran se hundiría el sector hotelero y el hostelero y la feria. Seguramente no le ha venido bien venir y practicará el lujo más en privado, en Marbella, donde suele recargar baterías fines de semana y veranos. Y si Arenas no ha pisado Málaga en su semana grande y nos ha traído al pairo y al fresco y sin olvidar las higas, lo que sí ha sido relevante por grosero ha sido la ausencia del presidente de la Junta, José Antonio Griñán, al que sus huestes han echado en falta y al que aún debe haber alguien que le diga que no le hace falta mezclarse con la gente y elevar su nivel de conocimiento entre la ciudadanía. Griñán, mucho más sensible con Málaga que Chaves, mucho menos esfinge que su antecesor, menos malaje y menos centralista, prometió venir cada quince días a Málaga y no ha venido ni quince veces. No viene en Feria y no arropa ni a su candidata, María Gámez, que se ha currado una feria por naturales. O sea, con mano izquierda y sin ser artificial, sin fingimientos ni imposturas. Pero tranquilos, vendrán. Las tendrá. Sobre todo en los próximos meses y en campaña. O al menos así debería estar previsto. Está en la agenda de lo político.
El reconocible gorrón
La última vez que pagó circulaban los maravedíes. Se gasta menos que los raíles del tren, que Tarzán en corbatas, que Lenin en catecismo, como se decía antes. Es el rácano, el avaro, el amarrategui, el listillo. No hablamos del tieso, pobre de él, ni tampoco del simpático que se hace querer e invitar, más bien del que se cree que los demás son tontos y es mágico, rápido y directo a la hora de escaquearse cuando llega la fatídica hora de rascarse la roncha y acoquinar. Obtiene un secreto placer en no pagar y muchas veces con lo que tu o tu grupo de gentes te gastas en él se hace todo un vestuario o se pega un viaje anual. Se estira menos que un piedra pómez.
Los trucos son varios. Está el del baño, ya muy visto. Pero es como el timo de la estampita, la de veces que lo habremos visto todos en aquella entrañable película de Tony Leblanc que tiene ya muchas décadas. Y sin embargo, la gente sigue cayendo. Con esto, igual. Les habrá pasado: en cuanto alguien del grupo pide la cuenta él dice que va un momento al baño. Nunca es un momento, es un buen rato. Un ratazo incluso. Luego sale tan campante y a partir de aquí hay dos modalidades. La modalidad ‘cara total que dan ganas de partírsela’ es la del que ufano y campeón, adornándose incluso con un atusar elegante de cabello y una recomposición de los bajos de la camisa y el pantalón, no dice ni mu ni cuanto es ni qué se debe ni cuánto ha sido ni a cuánto tocamos ni nada ni nada. Incluso, y esto es una subespecie de este primer tipo, propone ir a otro sitio. Sí, te dan ganas de decir, a un callejón a que te parta la cara, so mamón. En fin…
El otro, la otra modalidad, es la del ‘cara con remilgos’, o sea, sale del cuarto de baño pero al menos pregunta. No es una pregunta franca y directa, no. No una pregunta con sinceridad, no. No una pregunta que pretenda despejar una incógnita. Vamos, que el gachó no pregunta, oye, que me estaba meando urgentemente, decidme cuánto ha sido que ponga mi parte. No. Pregunta de manera lánguida, como por cumplir, acompañando la interrogación con un gesto lento, un ademán temeroso, una exploración tímida, un llevarse la mano despacito al bolsillo de la cartera. Sin sacarla, con un casi imperceptible (dirigido siempre al más débil de carácter del grupo) oye, qué, ejem, ¿cuánto ha sido?
Y luego de la pregunta (si como es su deseo, el débil de carácter le dice, bueno, no nada, ahora, no sé… si vamos a ir a otro sitio…) todo le sale bien, pues nada, ancha es Castilla. Y hasta Extremadura, el racanín, el de la cofradía del puño, el listo, se pone eufórico y entona un vozarrón, ahora sí, y propone ‘pero bueno, qué temprano es, oye vamos a otro sitio que yo conozco, venga, que sí, que está aquí mismo…’ Sí. Aquí mismo está también o debería estar la madre que te parió para poder tener unas palabritas con ella.
El racanillo es todo un estratega. Tanto, que a veces uno no sabe cómo disfruta de la caña, de las gambas o del cubata. Van cinco en grupo que sale de fiesta. Por ejemplo. Y alguien propone que cada uno pague una ronda. Tomada la primera no hay problema, él no es nunca el primero. Tomada la segunda no hay problema, él no es nunca el segundo en pagar. Hasta aquí es fácil hacerse el remolón. Pero a la tercera comienzan los problemas. No obstante él no paga nunca la tercera. Pero claro, la repentina llamada urgente, la solicitud de su mujer o novio, el imprevisto de un familiar, la acuciante obligación profesional o la Biblia en verso lo reclama rápidamente y ha de irse. Y ojo, que en esto también hay dos modalidades. El que se va con tres en el cuerpo y el que es un virtuoso del tema, un figura, alguien para admirar, que se va con cuatro. Somos cinco, nos hemos tomado cuatro cañas. Somos cuatro los que hemos pagado. Pero él, con su cuatro cañas en el cuerpo se naja, se esfuma, desaparece, se larga. Y no paga. Qué harte. Y que pedo gratis.
El curioso lector estará a estas alturas reprochando al cronista que no dé más bazas y espabilamiento al sufridor del gorrón, que ya estábamos tardando en llamar a las cosas por su nombre. Me reprochará que no describa como a veces los paganinis nos encolerizamos o le echamos en cara la cosa al gorrón, le metemos caña (no una caña, caña) o le obligamos a pagar. Poniéndolo colorado, afeándole la conducta o jugándosela, como aquella vez que nos hartamos de pedir y todos a posta nos fuimos marchando para dejarlo a él con la cuenta. Sí, todo eso es cierto, a veces lo puteamos pero no me negarán que no conocen a alguien así. Por mucho que se le pille en falta persiste. Y si puede, que puede, te la cuela. Tiéntense la cartera. Él siempre está al acecho. El gorrón no descansa. Su lema no es ‘no pasa nada’. Incluso si lo pones colorao. Su lema es ‘no paga nada’. Y siempre quiere ir a otro sitio.
El sueño del abanico
No hay noche si sueño. Aunque a veces no nos acordemos. Yo, del de anoche si me acuerdo: era un abanico. No uno de esos repujados o finísimos, uno de los que se disputa todo el mundo, comprados tal vez en tiendas de centro histórico de ciudad con solera… no. No uno artesanal con los que una dama como Dios manda se haría señales con un caballero español a carta cabal. No, que va. Un abanico proletario, pequeño, de un solo color, sin publicidad de milagro.
No me acuerdo de dónde nací, seguramente de una máquina que nos hacía a granel o industrialmente, sí recuerdo de salir de una caja donde viaje mucho tiempo apretujado con cientos de compañeros. Y compañeras, que con una a punto estuve de hacer abaniquitos. Y salí de la caja como les digo. Y vaya salida. Málaga se llamaba el sitio. Y estaban en feria. Me sacó de la caja un tipo enjuto, cejijunto, altivo no obstante, elegantón, voz de pito y manos finas. Y comenzó a repartirnos. No pudo tocarme una morena guapa vestida de gitana. Me tocó un maromo con una camiseta en la que se podía leer: ‘La que no morree que no entretenga’. Ni me usó. Me cogió de las manos del voz de pito y me enfundó directamente en el bolsillo trasero de las bermudas que llevaba. No veas el ambientazo. Allí me junté con un billete de cinco euros, un peine, una entrada de cine de hacía tres meses, una tarjeta de una peluquería, que era muy maja, oye, muy simpática, y una moneda de un país rarísimo. Le pregunté de dónde era, pero hablaba raro, para mí que era de un país del Este muy al Este, eso si no era de la misma Rusía porque estaba fría. Claro, supuse que hacía tiempo que no iba de mano en mano.
Y allí, ibamos, la tarjeta, la moneda, la entrada de cine y los cinco euros, que ni por afinidad profesional consintió el tío malaje en hablar algo con la moneda, celos profesionales creo yo. Celos tontos, porque monedas siempre va a haber, pero nada, yo creo que ella pensaba que los billetes sustituirán a sus colegas, yo no lo veo así, fíjate que están las máquinas tragaperras (que también, vaya falta de respeto a las monedas, llamarlas perras…), las máquinas de tabaco, los parquímetros, etc. etc, pero en fin, allá cada cual. Bueno, el caso es que íbamos allí en el bolsillo, un poco apretados y venga vaivén, y venga baile, y venga sitios con calor y venga apreturas. Y hasta alguna mano que se pegó al bolsillo, digo yo que accidentalmente, dado que el maromo gran cosa no era.
Y en estas que el tío comienza a andar como daleado, doblado, yo no sé si se estaba metiendo entre pecho y espalda lo más grande o qué. El caso es que va una mano, femenina, y le coge el abanico. O sea, me coge a mí. Qué gusto, que alegría salir un poco al aire. Eso sí, no me dio tiempo a despedirme y me fui hasta con olor a dinero. De las apreturas del bolsillito. Y coge la mano femenina y comienza a agitarme. Y así comenzó mi carrera profesional en la Feria, dando aire a una garbosa veinteañera, pantalón corto, camisa blanca, gafas negras, voz norteña, metro setenta. Y yo creo que quedó contenta. Yo me esforzaba y ella me empleaba con gusto. Y más gusto me daba a mí ver cómo las gotitas de sudor se le iban de la cara.
Pero claro, nuestro destino es cambiar de manos. De repente oigo, Olga, o sea, tía, qué calor, no, o sea… Y entonces la salerosa que me tenía va y me tiende a su mano, la de la otra, la o sea, la llamaremos o sea para entedernos, uno sesenta, taconazo, pantalón vaquero donde no cabría ni yo ni la moneda ni el billete ni el pelo de una gamba de lo ajustado que lo llevaba. Y una camisa como de hombre que debía darle más calor que fornicar bajo un plástico. Y la osea, comienza a agitarme delante de su cara. Y de su escote. Uf, trabajito complicado. No sabía que se podía sudar ahí. Se puede.
Va y dice la del sudor en bendita sea la parte, amor dame Cartojal. Y dice el amor, yo te doy gloria pa tu cuerpo pero dame el abaniquito. A mí eso del abaniquito me dejó mosca, que también las espanto por cierto. Soy chico pero tampoco hay que ofender. En fin, que la suodicha me cedió. Mi tercera mano. Manaza. Ese sabía de abanicar lo que yo de electricidad. No veas la pila de manotazos. Y va un colega suyo y me coge de sopetón, se pega dos abanicazos y el hijo de su madre me deja reposar en una mesa. Llena de bebidas y jamón. Y yo muerto de hambre. Pero de miedo también. Vete a saber quién me podría coger. Y la o sea bailando y el maromo bailando y el manazas bebiendo y la otra hablando por el móvil. Y yo en la mesa. Ay madre de Dios. Y en estas que oigo, compadre trinca el abanico que voy al baño. No veas el calor que da el traje de gitana…
Días de feria y rosas
Miguel es alto, precavido, sangregorda y memorión. Gusta de quedar con amigos para ir a la Feria, sobre todo con Luisa, que con sus gafas Ray Ban de cristales verdosos como de sheriff de pueblo, los ‘shorts’ vaqueros y el morenazo que ha cultivado en las últimas dos semanas es muy molón ir con ella del brazo. Luisa es jacarandosa, de estatura media y dada a las redondeces que aún están contenidas y son voluptuosas por rebasar apenas la treintena. Se suelen juntar con otros compañeros de trabajo, ya amigos por la tira de años que han laborado juntos y se lanzan a las calles a las dos, al barro a las cinco y a dónde sea a las doce.
Quedada
Quedaron el sábado. Y el viernes a la noche fueron a los fuegos y al Centro. Miguel se levantó el domingo, recuerda hoy martes, y se dijo (fue casi como si enunciara una Ley de Feria). Se dijo: hoy es domingo, ayer ya me lié bastante y queda mucha, mucha feria. Además, mañana es lunes y fiesta, así que me voy a la playita y descanso, como bien, pego un siestón y mañana será otro día. Ya ves si lo será: de resaca. A Miguel le pegó un mensajazo por el pin chat ese del Iphone, que es además gratis, la ya comentada Luisa, a la que él a veces gusta de llamar luisi o mi jaca o morenaza, si bien ella responde con cierta displicencia a esos comentarios un tanto fuera de tono, incluso lindando con lo soez si hay vino de por medio, de su querido Miguel, que además de alto, precavido, sangregorda y memorión tiene propensión al satiero, buitreo o cuando menos, observancia nada inocente de ninfas, amigas, conocidas, mujeronas y ya no, pero de adolescentes, sí, primas y hasta tías y hermanas de las tías y sus cuñadas respectivas.
En la barra
El tal sábado comenzó con un picoteo de productos de la tierra, entre los que no podemos olvidar la falta de educación de no pocos menestrales o mercenarios de la hostelería, la porquería, el jamón de segunda y los precios de primera. Si bien, todo hay que decirlo, dieron con una barra de no mucho postín pero sí gran tradición, que les recomendó un remedo de quijote en bermudas cerca de la calle Larios, donde el servicio era esmerado y profesional, la atención casi constante, el ruido poco, los platos no de plástico y el vino no calentón. Se dieron a la charla y a las cañas bien tiradas, la caña de lomo, el cartojal, los Ribera de Duero, la porra y de milagro los cubatazos, que decidieron posponer para otro local. Por allí pasaron a lo largo de esas horas, Palomeque el de la oficina, que se dio una alegría rara para su cuerpo, siendo como es más triste que un viernes santo de los de antes, gafudo, chepudo, dado a los jerseys de picos con rombos, madredependiente, culón y pedantillo. También vino la Chari, que es alegría viva, sobre todo desde que sale con un muchacho muy serio que prepara notarías y que no da un ruido y va de casa a la academia y de la academia a casa, no como el anterior, Luis Tomás, al que le gustaba más una fiesta que a un retrasado una estilográfica. Pero el caso es que el referido Luis Tomás era un punto entrañable, cabezón, miope pero de intensos ojos verdes además de especialista en el reinado de Isabel II, buceador y de cuerpo atlético, incluso diríase que fornido. Y se pasó por allí y hubo que invitarlo a unas rondas. El gran invitado de las multitudes es la casualidad. No invitar en el sentido estricto, ya que acabó pagando él, si no invitarlo a hacer compañía a la compañía, que acabó agradablemente brindando. Eso sí, con los ojos de la Chari algo chispeantes, no se sabe si por ganas de cancaneo, sentimiento sincero de nostalgia o aquello que Bertrand Rusell decía de revisar una decisión, “es una fuente de infelicidad”.
Torremocha
No faltó tampoco en la jornada Arturito Torremocha, con su habitual camiseta en la que lleva inscrito aquello de ‘ceda el vaso’, frente ancha, nariz aguileña, rectitud y bondad en el espíritu y una tajá, plumilla, dame ‘Partojal’ de eze, no de las que podríamos calificar de ‘no te menees’ ni tampoco histórica o eufórica, cantarina o tristona, si no más bien chulesca y vocinglera, con lo cual fue advertido por la concurrencia no fuera a meterse en una bulla con algún descamisado y tuvieramos que acabar la fiesta a mamporros o por patas, que es la parte de la pela que a uno más le gusta, la de salir corriendo cuando amenazan puñetazos.
Recuerdos
Miguel recuerda todo esto hoy martes y piensa que ya está bien de Feria, que es muy larga y aún será fiesta pasado mañana y llegará luego el fin de semana. Pero Luisa dice que esto es una maratón y si la empiezas la tienes que acabar. En esto llama Luis Tomás y pregunta por la Chari, que ha llevado a Luis Tomás a la playa. Y a petición suya, lo que hizo sospechar a Chari si no estaría este ya también más harto de la oposición a notaría que un payaso de disfrazarse. Y se dijo a sí misma que para un golferas, playero, crapulón, gastoso y jacarandoso ya tenía a Luis Tomás. O no lo tenía y tal vez esto era lo que la tenía reconcomida desde hacía días. Eso y la resaca. Miguel pensó que Feria es sólo una vez, aunque ya pensó que pensó eso en Navidad y en Semana Santa. Comenzó a sonarle el Iphone. De soniquete le ha puesto unos verdiales.
El mando de su vida
El objeto más codiciado de este país es el mando a distancia. La estadística más reciente sobre el asunto concluye que los españoles pasamos de media algo más de cuatro horas al día viendo la televisión. Si usted está leyendo esto, probablemente es porque parte de su tiempo se vaya en la lectura. Entonces, tal vez vea ‘sólo’ tres horas y media. O tres o una o ninguna. Así que la citada media ( como esa de que si uno se come un pollo y somos dos es que cada uno nos comemos uno y medio) induce a error.
O dicho de otro modo: si usted lee, alguien está viendo por usted sus horas de televisión. Esperemos que sea algo como Los Sopranos o los documentales de la 2. O sea, alguien se está tragando ocho, siete o seis o cinco horitas al día delante del, hasta ahora, más formidable instrumento de comunicación, manipulación o información, y ventana al mundo o a la ficción que existe. Pero en un país con todo el mundo viendo la televisión, con el tiempo suspendido, estando en quince de agosto, con miles de municipios de España de Feria, Málaga capital entre ellos, y siendo domingo y mañana fiesta; con todo Dios de playa, montaña, veladillas, toros o verbenas, viajando o en paro, lo raro es que algo marche. Pero funciona.
Será que el resto del año nos movemos en demasía y existe entonces una especie de inercia que mueve todo en estas épocas. Inercia de la cual usted, bombero, periodistas, médico o taxista, tal vez se esté riendo ahora dado que está en el curro, si bien entiende qué queremos decir: que entre datos fijos y costumbre fijas (las citadas estadísticas sobre la tele, por ejemplo) y coyunturales (feria, agosto, paro o vacaciones) estamos en el día o los días de menos actividad y acontecimientos, noticias o sucedidos y de más ocio del año. En la época en la que nuestros congéneres, el hombrecito, más quietecito se está. Y ni por esas.
Ocio decimos, bendito y en el caso de la Costa del Sol, maná y coadyuvador esencial en el PIB. Tiempo de ocio forzado en muchos casos por esa suerte de obligación que sienten algunos de de divertirse a toda costa (del sol si es posible) si es agosto (pasa igual en Nochevieja). O por aquello que escribiera Durremat de que “el ocio representará el problema más acuciante, pues es muy dudoso que el hombre se aguante a sí mismo”. En quince días casi todo volverá a la normalidad. Pero nadie hace planes a tan largo plazo. Ni siquiera las televisiones, que cambian su programación con frecuencia y hoy es imposible saber si dentro de siete días echarán lo mismo que hoy a esta hora. Si Picasso resucitara tal vez repensaría su frase y diría que ‘la inspiración existe pero tiene que pillarte viendo la tele’. Si resucitara dentro de un par de años tal vez diría que existe pero tiene que pillarte en facebook; eso si no estás en Twitter.
Aquí hemos pasado del razonable y atractivo lema de los opusinos de ‘el mejor descanso es cambiar de actividad’ a ‘el mejor descanso es apagar la tele y encender el ordenador’. O a que el mejor descanso es cambiar a la caída de la tarde la hamaca por el sofá. Agosto es un inmenso domingo. Y hoy es domingo y fiesta. Hay que saborear esa suspensión del tiempo, que raramente se cuelga sobre nosotros para no avanzar. Pronto volverá a alcanzarnos. Sea consciente y piense en ello. Pero si se aburre o asusta, coja el mando. El de su vida, queremos decir.
Chanclas de la discordia
Los hosteleros del centro no quieren durante la feria a clientes con chanclas. Lo proclamaron ayer en los medios de comunicación. Es lógico. A quién se le ocurre ir en chanclas en agosto rozando los cuarenta grados, claro, claro, lo suyo es ir con calcetines y botas de caña alta o zapatos de frac. Y más en estos nuestros distinguidos locales donde dueños, empresarios y camareros van por supuesto en pleno verano y feria, ataviados elegante e impecablemente y como todos son salidos de la Escuela de Hostelería y no hay intrusismo ni aventureros ni gente que cree que ser camarero es fácil y ocasional, te atienden con una corrección y diligencia digna de encomio. Je
Admisión
Aquí vamos a pasar del derecho de admisión al derecho de inadmisión, o sea, de no admitir lo inadmisible. Fuera descamisados, sí, pero meterse en qué lleva uno en los pies, habiendo además, como todos sabemos chanclas monísimas de la muerte de Gucci o Prada a ciento y pico euros roza lo irrisorio. A partir de ahora el cliente no siempre lleva razón. Lleva razón si lleva el pie tapado. Los hosteleros dicen que los clientes con chanclas pueden cortarse pero que “luego de mala fe le echan la culpa al dueño del local”. También se la pueden echar a Zapatero, que como se sabe mató a Manolete y el cambio climático lo ha organizado él en Moncloa después de haber impulsado la deriva continental de Australia, isla que colisionará en pocos siglos con el Polo Sur.
Definan, please
Claro que en aras de una mayor claridad urge un consenso entre los dueños de bares y el Ayuntamiento para publicar un bando que aclare las cosas. No es de recibo ir por ahí confundido. A ver, chanclas no, pero ¿sandalias sí?, ¿Cuánta parte del pie se puede ver? ¿Y si uno tiene callos?, ¿Son las chanclas con tirillas de goma las que están prohibidas o son todas las chanclas en general?, en el caso de ellos, ¿las uñas pueden ir pintadas?, los zapatos esos modernos que van tapados por el talón pero están descubiertos por delante, ¿valen o no valen?, ¿valen los croc, esos moderos zapatos de goma? Por favor definan chanclas. Además, tengan en cuenta que no es lo mismo chancla que chancleta y a ver si vamos a tener un conflicto. Uno quiere ir a tomar una caña y un jamón de tercera seco y perruno con cierta garantía y tranquilidad, sabiendo que no lo van a largar del local por llevar chancleta confundiéndolo con uno que lleva chanclas. No, no es lo mismo, como todo el mundo sabe y si no lo sabe para eso está la wikipedia, “la chancla se diferencia de la chancleta por tener aquella un empeine continuo sobre los dedos del pie en vez de utilizar una tira que separa al pulgar del pie del resto de dedos, como es el caso en la chancleta”.
Aclaración
Y eso, teniendo en cuenta que “las chanclas son un calzado abierto y dejan el talón del pie al descubierto, como las pantuflas o las babuchas, pero contrariamente a pantuflas y babuchas, que están cerradas por delante, las chanclas están también abiertas en su parte delantera, dejando los dedos del pie al aire libre”. ¿Eh?… ¿han visto?..
Sí es que esto tiene más ciencia de lo que parece, por eso no conviene hablar a la ligera, claro, chanclas no, vale, pero qué chanclas. Es como cuando se dice ‘aquí se está de cine’. Como que de cine, ¿de qué cine? No es lo mismo estar como de cine porno que como un personaje del neorrealismo italiano, no es lo mismo estar como en una película de ciencia ficción, sentirse como Darth Vader por poner un caso, que en una de Bambi, creyéndote un león. En fin.
Drama
Imaginen el drama en esas casas de veraneantes o nativos, Antonio, su mujer, el cuñao, la niña, el novio de la niña, una amiga de la madre, los primos que han venido de Madrid y el vecino del tercero, que siempre se apunta a lo planes el hijo de su madre. O sea, una patulea increíble, todos para el autobús, todos para la Feria.
Y ahora se suben al autobús y va uno en chanclas. Y ya se ha fastidiao el día, ya sólo se puede estar en la calle o donde admitan chanclados. A ver, no veas el drama.
Vigilantes de pies
Y luego habrá que habilitar porteros revisa pies. Nunca se hizo mejor ley para el progreso de la humanidad que prohibir la entrada a las discotecas de gente con calcetines blancos, pero tratar de eliminar u ordenar cómo llevamos los pies es un poco demasié. No se les ha ido la mano. Se les han ido los pies.
Todo esto no es cuestión de decoro y elegancia, de la que somos decididamente partidarios, si no de que se empieza prohibiendo fumar, luego prohibiendo llevar chanclas y se termina prohibiendo la patata en la tortilla de patatas. Si la cosa no fuera tan grave habríamos pasado por ella de puntillas. Pero con las chanclas es difícil ponerse así. De puntillas.
El sueño del controlador
Me estoy empezando a parecer a Martín Luter King. Yo también tengo un sueño. Que me caigo. Será el calor, agosto, las paellas copiosas (porque copias la que comen los de la mesa de al lado por no pensar mucho) y lo cómoda que son ahora las hamacas de la playa.
Esa sí que ha sido la segunda modernización. Eso sí que parece salido de un laboratorio de I+D. De la dura madera hemos pasado al semi elástico y adaptable plástico o conglomerado que, con el colchón encima, se adapta dócil pero ligeramente a tu cuerpecito, te hace el hueco y duermes casi mejor que en la cama. Si no fuera por el de las paletas, el de la pelota, el de la sandía, el altisonante, el de los helados y del móvil con la sintonía de ‘Sobreviviré’ que, efectivamente, no ha tenido bastante con las dos fuentes de fritura, el filete, la jarra de sangría, el cortado y el puro y ahora se va a meter un cubatazo con un milhoja y no sabes, no lo sabes de verdad, cómo va a sobrevivir con lo congestionado que está.
Y le dice a la parienta que está desganao. Cari, yo esta noche no ceno, que es que estoy desganao desde hace unos días… No, sí te parece cenate un entrectot con papas, criatura.
Personitas
Una vez presentado al concurso de disgresiones vamos a lo que vamos. Al sueño que enunciaba al principio. Tengo sueño pero también he tenido un sueño. Era controlador aéreo. Pero de mosquitos. Y me ponía en huelga. Y el ministro de Fomento de los mosquitos se negaba a pagarme más.
Controlar los mosquitos no es fácil. No lo fue tampoco en mi sueño. Iba ataviado con un traje de buzo pero sin aletas ni gafas. Ni el tubo, claro. Para tener una segunda piel y protegerme de sus aguijonazos. Me sentaba ante una pantalla atestada de puntitos. Cada puntito, un mosquito. Y debajo, un montón de cuerpos. Cada cuerpo, una persona humana. Nótese la redundancia, persona y humana, para que no haya dudas. No hay personas no humanas pero la fuerza del castellano es así. Te permite poner dos conceptos redundantes y convertirlos en uno sólo casi inseparable. Mal tiempo para los pleonasmos.
Ordenación
Mi trabajo era ordenar los mosquitos, enfilarlos, darles instrucciones, comunicarme con ellos, asignarle un cuerpo sobre el que aterrizar y luego un paraje concreto: un muslo, una pantorrilla, el antebrazo, una teta si es que estuviera descubierta, la cara, a no ser que fuera el espejo del asma… Pero teniendo en cuenta, atendiendo claramente, a la puntualidad.
A ver, no es serio que si en tu apartamento de verano estás acostumbrado a que te piquen dos mosquitos por noche amanezcas y te hayan picado tres. No, no es serio. Ni que te levantes una mañana sin picaduras cuando normalmente te pica uno. No es serio que tengas que tirar la crema para la piel nuevecita. No, no es normal. Te haces tu presupuestito para la crema y luego no te la echas dos días y ya estás tirando a la basura un dinerito curioso. Y luego están las presiones. Que hay compañías de mosquitos que vienen arramblando, como prepotentes, pidiendo por ejemplo un jugoso cachete del pompis a las doce y cuarto y va el dueño del jugoso cachete del pompis y se te va a las once de copas por que ha venido su cuñado de Madrid y ya te puedes ir haciendo a la idea, sobre todo conociendo al cuñado, que es que no tiene fin, de que el dueño del jugoso cachete se te va a acostar a las cinco de la mañana. Y fino filipino, no precisamente después de haber bebido agua de Vichy. Y convence tu ahora a la compañía de que el mosquito A-4232 tiene que ir a la otra habitación y al muslo de una vieja, que es que no hay otro sitio. Y claro, te entra un estrés que no sabes cómo no te pagan más o no te ponen a alguien de refuerzo.
Aterrizajes
Y luego están las personas. Las humanas que se mueven más que los precios, tomando la frase de Chiquito. Y no veas los castañazos que se pegan, la pila de aterrizajes que hay que abortar. Va uno empicao para una frente y va el tío durmiente y se vuelve de lao. Llenos tenemos los hangares de mosquitos estrellaos contra una nuca o una cabeza calvorota. Tampoco es serio, que una cosa es moverse y otra parecer que están saltando en el colchón. Sólo por joder.
Qué situación
Estarán de acuerdo en que el sueño era absolutamente una pesadilla, y a medida que avanzaba la noche, peor, la pila de mosquitos pidiendo pista y carne, piel, ansiosos por descansar, y yo aquí, ordenándolos y ni caso, y uno que se va para el perro y otro que se va para una lámpara y se queda frito literalmente. No puede, no puede ser. Urge sentarse a negociar. O mejor, acostarse. Pero no sé cómo dormiría tranquilo. En qué manos quedaría, están, tantos mosquitos. Y en qué época. Qué Dios nos coja confesados. Y a las personas, humanas, sin la pala antimosquitos cerca.
La Obama, a las primarias
Estoy con Arturito Torremocha, mi amigo el veraneante procedente de un secarral mesetario, tumbado en la hamaca leyendo un periódico de derechas. Leyéndolo él. Bueno, yo también. Como tienen grapas o el formato es más pequeño son más manejables. Estamos bebiendo a sugerencia suya vino blanco con Kas de limón, un calimocho de Cuenca me dice que se llama eso. Ha traido Hawaian Tropic para freirse la cara y los brazos (“plumilla, que tu estás aquí to el puto año pero yo tengo que aguantar moreno un tiempo cuando me vuelva”) y se está fumando un ducaditos sin boquilla. Son las once de la mañana.
La paisana
Torremocha me pregunta qué me parece Trinidad Jiménez, ya que es paisana aunque según él no tiene nuestro acento, no vocaliza, más bien habla raro como si tuviera un papaya en la boca.. Le digo que no hago análisis políticos en agosto, que no tengo mucha opinión sobre el tema y que no veas cómo tiene que estar la cosa de escasa en cuanto a noticias para que tal asunto sea el notición de portada. Por un momento fantaseo con que la politica interesa. Pero no, va a ser que lo que interesa (¿lo que interesa a los medios?) es el conflicto. Sólo. Me dice que él si la tiene. Opinión sobre Jiménez: que Trinidad ya perdió en Madrid aunque fuera para el Ayuntamiento, que nos va a prohibir fumar en breve la muy hija de su madre y que se ha gastado una millonada en vacunas contra la gripe A que ha habido que tirar a la basura.
Un cargo para ella
Trato de cambiarle de asunto pero él ya está a tope y continúa hablándome de política: yo haría, dice subdelegada del Gobierno en Málaga a Michelle Obama. Ya conoce la provincia, no le asusta el calor, no le quema el sol, sabemos que no tiene antecedentes penales, es simpática, amable, trataría bien a los ministros que vienen de paseo pero sería al mismo tiempo reivindicativa y tiene un cuerpo de jaquetona, como policial o de guardiana de corredor de la muerte en prisión de Phoenix, Arizona. A los subdelegados, a los ministros de Interior y similares u homólogos se les acaba poniendo cara de jefes de policía.
No de vigilantes de corredor de la muerte, por que aquí afortunadamente no hay, pero sí como de amos del calabozo pero en bueno. Bueno, salvo a Corcuera, que se le puso un poco cara de bestia, como de querer dar una patada en la puerta de tu casa. Contigo dentro. Pese a que no quiero hablar de política le digo que por qué subdelegada que por qué no mejor presentarla como candidata a la alcaldía de Málaga. ¿Por el PP o por el PSOE? Hombre, el PP ya tiene a uno que parece sólido y que seguramente ganará. Arturito me replica: plumilla, a ver si ahora te vas a mojar más que en los artículos políticos del invierno. Me callo. Él sigue: podría presentarse por el PSOE, pero claro, lo mismo sale alguien pidiendo primarias. No, le replico: saldría alguien reprochándole falta de pedigrí o su pertenencia a tal o cual agrupación. ¿Habrá agrupación del PSOE en Chicago? En Washington la hay. Del PP también.
Redes
La idea de Arturito de presentar a la señora Obama para la alcaldía da juego para que comience a soltar de las suyas:¿ tu te imaginas, plumilla, a tu amigo Ignacio Trillo en unas primarias contra la Obama? Bueno, no te creas, le digo, tanto en la familia de uno como en el otro hay gran tradición de facebook y twitter y cosas de esas para hacer campaña. Obama macho ganó en parte por la utilización de las redes sociales. Pero a lo mejor las primarias podrían ser contra María Gámez, dos mujeres atractivas y de carácter, me replica Arturito. Le digo que sí, que eso sí que sería publicidad. Que si Michelle se ha comprometido tanto con Málaga y ha dado tanta promoción y hasta va a reactivar el sector turístico y el destino ya puestos podría hacernos el favor completo y reactivar el sector político también. No le costaría mucho.
Lista electoral
La idea de presentar a Michelle da para que Arturito comience a fantasear con cuáles podrían ser los nombres para la lista electoral. Podría ir Antonio Banderas de número dos, después Eva Longoria y para que la lista tenga más aceptación popular y no se vea muy elitista podrían meter a Marc Ostarcevic. Y de concejal de fiestas a Olivia Valere que lo mismo monta una feria del centro sustituyendo el Cartojal por el champán, las riñoneras por los bolsos de Gucci y a los descamisado por clones de Alberto de Mónaco.
Claro que bien pensado, habría que hacerle algunas concesiones, como colocar un banderón norteamericano en la plaza de la Constitución, ofrecer rodeo y no toros en La Malagueta, incorporar la hamburguesa al menú escolar y hermanarnos con Chicago. La cosa va ya camino de delirio. Se acerca la hora del almuerzo. La política da hambre. Dedicarse a ella no. Otra cosa es el hambre que haya de política. Y más en agosto. Plumilla, pide otra ronda. Y aceitunas negras.
El azar, Marbella y el FBI
Arturito Torremocha está tumbado con el que suscribe en un hamaca de una playa costasoleña. Hemos elegido nivel medio, ni playa muy popular ni pijeríos de champán, silicona y billete de quinientos euros. Le estoy enseñando mi smartphone a Torremocha y me he conectado a Internet para mostrarle algunas de las noticias relacionadas con la Costa del Sol, sobre todo con la visita de las Obama. Me mira y me dice que él para ver mujeres desnudas ya tiene el ordenador de casa.
Le digo que qué dice de mujeres desnudas, que le estoy hablando de Marbella, del teléfono, de las noticias. Me espeta que ha leído una encuesta según la cual el cuarenta por ciento de las entradas a Internet están relacionadas con el sexo. Asi que plumilla, si es para eso mejor te ahorras cuotas redundantes. Tener Internet en varios sitios para ver siempre lo mismo es como invitar a la misma persona a cenar varias veces. En la misma noche. Le muestro entonces una foto de Michelle paseando por Marbella como para hacer ver que está equivocado y le muestro portadas de periódicos de toda España, que traen a la primera dama en portada.
Torremocha entonces fantasea con como sería ser agente del FBI a cargo de la custodia de la esposa de Obama. Imagínate, me dice, la pila de veces que el gachó habrá tenío que venir a Marbella de incógnito a inspeccionar el terreno y las calles, las carreteras, el centro, los establecimientos cercanos, la de veces que habrá ido a cenar donde cenaron. Lo mismo hasta le dio tiempo a echarse una novia aquí. Imagínate, una marbellí salerosa que crea que el tipo es viajante de comercio de Illinois o ejecutivo de medio pelo de Arkansas y resulta que es un súper agente secreto que ha de proteger la vida de Michelle Obama. Imagínate que el tío después de todo esto se queda y se casa con la marbellí y tienen una hija y le ponen Micaela.
Es grandioso, plumilla, una tía amiga de la Obama va a verla y a tomar el té en la Casa Blanca, le dice que ha ido a Marbella y se lo ha pasado teta y la convence de que vaya y va la Obama y le hace caso y sólo esa decisión de Michelle o, mejor dicho, la decisión de la amiga de la Michelle de ir a tomar el té (podría no haber ido y no haberle recomendado el viaje nunca…) hace que venga una nueva criatura al mundo. Que lo mismo inventa otra bomba atómica más atómica todavía que compone sinfonías o descubre una vacuna contra cualquier enfermedad, vete tu a saber. Torremocha me está descubriendo ahora, a buenas horas, el azar, las implicaciones del libre albedrío y hasta la teoría esa de que el batir de alas de una mariposa en Pekín puede tener consecuencias inimaginables en tu vida.
Sí, claro, le digo por seguir el juego: pero la cosa va más allá. Imagínate a la amiga de la amiga de la Obama. Imagínate que está en una agencia de viajes pidiendo un tour por la Costa Azul y va la dependienta y en un alarde de malaje, porque se le acaba el contrato y es su último día, le dice que no hay que a la Costa Azul ni mijita. Y entonces, la amiga de la amiga de la Obama por ponerse a su altura, a la de la dependienta, o sea, por ponerse farruca, le dice que de allí no se va sin un viaje. Y entonces la empleada saca una oferta para Marbella y la amiga de la amiga acaba en Marbella y nada más llegar de allí se lo comenta a la amiga de Michelle… sí, sí, y esta acepta la recomendación y viene a Marbella y a su regreso va a tomar el té a la Casa Blanca… O sea, me dice, fíjate plumilla que el nacimiento de una nueva americana-marbellí puede deberse a que una empleada de una agencia de viajes de Washington tenía un día vinagre. No, le digo, se debe a la crisis, que es la que ha hecho hundirse esa agencia y que tengan que despedir a la empleada.
Claro que si el jefe hubiera elegido a otra empleada lo mismo no venía Michelle Obama a Marbella. Eso, le digo, ni nacería una nueva marbellí.
En fin, de este hilo podríamos ir tirando hasta el infinito y la conclusión podría ser la misma que esa que las viejas en los velatorios de pueblo expresan con singular soltura y una pericia heredada de la experiencia mucha en lances similares: “No somos nadie”. A lo que no falta quien replique no sabemos si por cinismo, por distendir y poner humor o por falta clara de empatía: “Y menos en pelotas”.
Arturito también es consciente de que no somos nadie pero él lo expresa a su manera: “No somos nadie. Sin dinero” con lo cual, para olvidar las penas y hasta parecer alguien decide pedir dos mojitos. Tiene la mirada perdida pero él no es de esos blandorros a los que una puesta de sol o el horizonte de la mar bravía pueden enternecer, emocionar o deleitar. Estará pensando en otra cosa. Entonces me pide que le preste el teléfono. Le pregunto si quiere llamar. No, dice. Voy a entrar en Internet.
Espía en el aeropuerto
Mi amigo Arturito Torremocha no quiso perderse la más alta ocasión que vieron los siglos, que es como Cervantes se refería a la batalla de Lepanto y él denomina a la visita de las obamas. Así que se puso fresquito, bermudas, calcetines ligeros y camiseta con la incripción (juro por dios que vi ayer una igual que llevaba un señor señorial que comía en un restaurante marisco con cava) que decía: “Evita la gripe aviar, come conejo”.
De esa guisa, con el móvil y una camarita, se plantó en la rotonda que hay antes de llegar al aeropuerto. Ambientazo. Pero, como dice en un sabio proverbio la atinada escuela de pensamiento que podríamos llamar pesimismo moderado pero verosimil, “hoy es un gran día pero ya verás como viene alguien y te lo jode”:
-Aquí no puede estar.
-Por qué
-Por que es sospechoso
-Porque…soy sospechoso yo o porque es sospecho estar aquí
-Es sospechoso
-De aquí no me voy
-Aquí no se puede estar
-Por qué
-Es sospechoso
-Por qué
RIESGOS NO, GRACIAS
Arturito, partidario, admirador e incluso cultivador de lo que podríamos denominar ‘conversaciones amenas a causa de su forma circular’ consideró esta vez empero que seguir con el diálogo podría desembocar en una suerte de crisis nerviosa, en la suelta de improperios, en el exhalar de blasfemias, el volar de manos, el arreo de guantazos o la propinación de capuanas. O, lo que es peor, la entrada por la puerta grande en los calabozos de la comisaría central. Así que optó por sacar la petaca de calimocho, ofrecerle amistoso un trago al agente y, acto seguido y sin solución de continuidad, poner pies en polvorosa cuando éste, el agente, que iba a sacar un pañuelo del bolsillo para taparse la boca a causa del olor rancio de la petaca al abrirse hizo el gesto tan bruscamente que arturito pensó que iba a ser como Millán Astray cuando le mentaban la cultura, o sea, que iba a sacar el pistolón.
El agente contuvo la arcada y como vio desaparecer a Arturito juzgó necesario abandonar con prontitud la rontonda, él mismo también, porque no sería muy coherente permanecer en ella habiendo afirmado pocas líneas antes (pocos minutos para el agente) lo sospechoso de tal actitud. Aunque si bien se mira, la sospecha, pensó, podría quedar conjurada en su caso a ojos vista del prójimo, dado que su atavío o indumentaria, un uniforme de policía lustroso que no se lo salta un galgo de puro reluciente, no lo homologaba con la estirpe del sospechoso, el quinqui, manguta, terrorista o molesto curioso que no deja hacer su trabajo a los curiosos acreditados. No acreditados en el sentido de tener credencial para estar allí, si no acreditados por tener una trayectoria que los acredita. O sea, que no veía al Mocito Feliz por ningún lado. El agente se fue por un lado y Arturito por otro y como el agente no ha adquirido aún la categoría de personaje (aunque haya ha tenido un papelito con diálogo incluso) lo perdemos de vista y nos centramos en nuestro héroe de secano, frente ancha, nariz aguileña, rectitud y bondad en el espíritu, que logró ver la comitiva de coches cochazos en la que iba Michelle y entonces pensó que qué hace una esposa ejemplar pegándose el piro al otro lado del Atlántico el día que su maridito cumple años y qué hace el tal maridito celebrándolo con sus amigotes de toda la vida en Chicago y achacó tales costumbres a la modernidad de los americanos, a lo avanzado de su proceder social, siempre en vanguardia; proceder que, como las modas en la vestimenta, los coches o las películas, más pronto que tarde nos acaba llegando, calibró.
¿México es esto?
Arturito pensó también en qué impresión iría teniendo la Obama cuando fuera surcando esa ‘tres cuarenta’, las urbanizaciones, los campos de golf, las villas, el mar, los municipios, si tal vez le recordaría a la sensual California o al Méjico profundo, qué pensarían al ver tantas rotondas y pensó también Si fue Bin Laden el que les ha hecho el programa de la visita. No veas ir a Granada a las tres de la tarde, hoy, a subir las cuestas del Sacromonte. Dios de mi vida la pechá de sudar que se va a pegar esa mujer y el recuerdo que se va a llevar de Andalucía. Menos mal que lo de la Alhambra se lo han puesto a las ocho y pico de la tarde y allí a esa hora es que se está como una reina mora.
¿taxi?
Arturito sopesó coger un taxi y ordenar y seguir a la comitiva pero pensó que con lo que le iban a cobrar tendría para un montón de calimochos y porciones de pizza cinco quesos y además no juzgó apropiado con el calor arriesgarse a dar con un taxista que hubiese hecho un master en relaciones internacionales y dio en pensar entonces que sería más apropiado llamar al plumilla para irse a la playa a contar tangas. Entonces vio de nuevo al agente. Venía corriendo hacia él. Le pareció sospecho. Y también echó a correr.

